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miércoles, 17 de diciembre de 2014

Dime que no me quieres. Epílogo.

Epílogo.

Amnesia selectiva. Esas son las dos palabras que no dejan de repetirse en mi cabeza una y otra vez. Amnesia selectiva. Su propio nombre lo dice todo. Aunque no quieras, aunque tú no lo escojas, olvidas. Tu mente se deshace a su antojo de lo que ella quiere. Ha sido así como la amnesia selectiva me ha borrado de la vida de Paula.
Ahora, sentado en la silla de mi escritorio, rememoro como hace exactamente un mes, Paula me miró con aquella mirada perdida y desconcertante y pronuncio las palabras que hoy en día me quitan el sueño: ¿Quién eres?
Abatido, me desplazo a un lado todavía sentado sobre mi silla y presiono el botón de imprimir de la impresora negra a juego con el monitor del ordenador. Por fin he decidido probar suerte y mandar mi propia historia a un concurso. Claramente tengo muchas papeletas a mi favor de perder, pero quién sabe, tal vez exista una posibilidad entre un millón de que yo pueda ganar. Observo el número de páginas que indica que van a imprimirse, tardará un poco en estar lista en papel toda la historia.
No he dejado de pensar en alguna forma, la que sea, para hacerle recordar a Paula. Rememorarle por mis propios medios quien soy, quien fui, lo que vivimos… Pero nada, en todo un mes no he llegado a ninguna idea fija a la que agarrarme. Todo lo que ahora me queda de ella son recuerdos y para mí no son suficiente. La necesito como nunca antes me podría haber llegado a imaginar. Trato de recordar la sensación que sus besos me provocan, el tacto de su piel contra las palmas de mis manos, el dulce y tímido tono de su voz y ese brillo que desprenden sus ojos cada vez que sus mejillas se tornan de un color rosado tan característico de ella. Todo aquello permanece tan vivo en mi mente…como si nada de esto hubiese pasado, como si Paula estuviese, ahora mismo, junto a mí. La echo de menos. Muchísimo. Ya nada me distrae, todo lo que me rodea me recuerda a ella. Las múltiples fotos de meses anteriores, incluso las distintas páginas de los libros que narran esas historias que ella tanto ansiaba leer y...un momento… ¡eso es! ¡Cómo no me he dado cuenta antes! ¡He tenido la solución perfecta delante de mi todo este tiempo! Debo darme prisa…
Una hora más tarde…
Un agudo y molesto pitido llega a mis oídos cuando presiono el timbre de la casa. Realmente, puedo decir que nunca antes había estado tan nervioso como ahora y tengo los motivos suficientes como para justificar mis nervios. En escasos segundos, la chica de la que estoy enamorado hasta las trancas va a abrir esa puerta y tengo millones de papeletas que indiquen que ella no me recuerde, ni siquiera recuerde mi reacción en el hospital el día que despertó del coma. Tengo prácticamente el cien por cien de posibilidades de estar perdiendo el tiempo ahora mismo, pero ni siquiera eso va a hacer que vuelva por mis propios pasos. Es ahora o nunca. Un leve crujido me indica que la puerta de la casa se abre. Una joven de pelo castaño y mirada incrédula asome tras la puerta. Paula, su Paula. “Recuérdame, recuérdame por favor…” pienso. Tras unos instantes nadie dice nada, pero algo hace que la muchacha muestre una amplia sonrisa. “Recuérdame, recuérdame…”
-¡Hola!- saluda ella haciendo un gesto con la mano- ¡Te recuerdo! Tú eres el chico de que estaba en el hospital, ¿no es así? Da…
-Daniel.- termino su frase.
-¡Sí! He estado hablando con los chicos estos días, me han ayudado a intentar recordar…y, bueno me han hablado mucho de ti y de que éramos muy buenos amigos, pero quería preguntarte si…bueno, tu y yo…
-Sí.- vuelvo a terminar su frase- De hecho, no hemos dejado de serlo. Después de que tu despertases en el hospital aquel día preferí no presionarte con tu vida pasada…me mantuve al margen de todo hasta que te recuperases. Por eso mismo estoy aquí hoy.- explico mientras busco en el bolsillo de mis vaqueros la última esperanza que me queda para hacerle recordar a Paula todo lo que significamos el uno para el otro, todo lo que sentimos y vivimos. Le tiendo una pequeña bolsa de papel.- Ábrela cuando estés sola, no hay prisa pero por favor intenta recordarme.
Despacio, doy un par de pasos, los que me separan de ella y dejo un suave beso en su mejilla. Ambos nos despedimos el uno del otro y observo como la joven permanece entre el marco de la puerta de entrada, desplegando un pequeño cuarto de folio en el que aparece escrito:
Es una pequeña historia, pero es nuestra. Solo nuestra.

Deprisa, veo como Paula cierra la puerta de la casa con ella dentro. Estoy seguro de que, sin demora, ha querido averiguar lo que contiene ese pendrive. Encontrará una historia, una pequeña historia que, como ya había adelantado en aquella nota, es solo nuestra. Y, como toda historia, debe tener un título, protagonistas principales y, sobre todo, un prinipio que te enganche y te haga querer saber más y más. Como no, esta historia no iba a ser menos. Su título era “Gracias por hacerme feliz”. Los protagonistas…están claros, ¿no? Y un principio del que cada día estoy más seguro de su certeza, una frase que dice así: “Todavía lo recuerdo, fue la mejor experiencia de mi vida; enamorarme de ella…”

domingo, 5 de octubre de 2014

Dime que no me quieres. Capitulo: 35

Capítulo: 35

-Familiares de Paula Hibarra- anuncia la enfermera que acaba de abrir la puerta de la habitación del hospital. Automáticamente, al escuchar el nombre de la joven, Daniel se levanta, todavía adormilado, de su silla.
-Sus padres han ido a descansar.- recalca Dani- Yo soy su…
-Comprendo.- le interrumpe la enfermera. Una sonrisa amable se forma en su rostro.- Puedes pasar a verla.
-¿Ha despertado?
De nuevo, esa sonrisa amable en la boca de la muchacha. No…no es posible…Paula estaba…
-¡Vamos!- le anima la enfermera- ¡No te quedes ahí parado! Ha preguntado por ti…
En cuanto quiere darse cuenta, Dani entra en la habitación de su novia, quien sigue tumbada sobre aquella blanca y dura camilla aunque, esta vez, todo es diferente. Está con los ojos abiertos, sonriéndole como si el accidente no hubiese existido, como si todas las palabras que él le había dedicado en su tiempo en coma hubiesen llegado una por una a sus oídos en ese momento. Lentamente, camina acercándose a ella sin apartar su mirada de su cara que, aun con rasguños y marcas recientes, no le deja de resultar hermosa.
-Dani…- le llama ella con una voz leve y ronca, casi inaudible.
-Sh…no hables…
Se aproxima a ella un poco más, sin aumentar el ritmo pausado de sus pasos.
-Quería…- intenta proseguir Paula pero se ve interrumpida por el roce de los labios de Dani sobre una de las magulladuras de su cuello. Éstos ascienden hacia su mandíbula, acariciando con sus dulces labios las diversas marcas de su rostro.
-Calla…- le él susurra al oído.
Escucha el sonido de como Paula, nerviosa, traga saliva e intenta contener la  respiración a medida que los labios de Daniel se acercan a su boca hasta el punto de unirse en un apasionado beso que el joven llevaba guardando este corto tiempo que, para él, se convirtió en una eternidad. Un beso necesitado por parte de ambos, un beso que hace que Daniel abra los ojos de golpe y se despierte aturdido… Todo ha sido un sueño.
Nunca ha dejado de encontrarse en aquel pasillo incoloro del hospital, dormido en una incómoda silla durante las últimas tres horas. Ha sido su mente, sus ganas de volver a estar junto a ella quienes han viajado al mundo de los sueños con él de la mano. Arrastrándolo a lo que era la realidad perfecta tan anhelada, dejando atrás esa agobiante pesadilla en la que ha permanecido sumergido desde que entró en la clínica. Una pesadilla que continúa sin saber cuándo llegará si fin.
Adormilado, Daniel se frota los ojos con ambas manos a la vez que siente una presencia junto a él. Curioso, levanta la vista hacia su izquierda y observa como un hombre anciano vestido con una bata blanca impoluta le tiende una taza de café caliente. La primera vez el chico se niega a aceptarla, pero termina accediendo ante la insistencia del doctor.
-¿Cuánto tiempo hace que estás aquí muchacho?
-Demasiado del que me gustaría.- le responde tomando un sorbo de su humeante café.
Una grave y corta risa se escucha desde lo más profundo de la garganta de aquel hombre. Dani le mira de reojo, sin comprender a qué viene esa risilla.
-¿Por qué no despierta?- se impacienta el joven.
-Muchacho, el coma es un estado realmente delicado la joven Paula presente graves lesiones que la mantienen en ese estado, pero es fuerte. Lucha por despertarse y eso es algo que los médicos observamos en nuestros pacientes día a día. Se despertará, de eso estoy seguro. ¿Cuándo? Esa respuesta solo depende de ella.
Daniel retira de su vista el vaso medio lleno de café y entierra la cabeza entre sus manos, abatido, incluso desesperanzado… Cabe la posibilidad de que Paula no despierte y eso le atormenta cada vez más.
-Entraré a comprobar cómo se encuentra.-  asegura el médico posando una mano sobre el hombro de Daniel.
No se despide de él, ni siquiera Dani se digna a levantar su mirada todavía fija en el suelo. Necesita respuestas, datos, una simple fecha en la que Paula despierte y pueda entrar a abrazarla. Una fecha que, tal vez, tarde semanas, meses en llegar. Y él no puede más. Necesita tomar un poco de aire. Cansado, camina arrastrando sus pies por los pasillos hasta llegar, cogiendo el ascensor, a la plante calle. Con un agudo pitido, las puertas se abren y Dani apoya su espalda en la pared del edificio. Siente como, poco a poco, un fuerte nudo se va formando en su garganta, impidiéndole tragar con facilidad. Aferra los brazos a los costados de su cuerpo y cierra los ojos con fuerza, notando como un escozor entra en ellos. Cuando quiere abrirlos, una lágrima cae por una de sus mejillas hasta parar en la barbilla. Rápidamente, limpia su cara y parpadea varias veces. Ahora no puede venirse abajo, por mucho que la situación le supere, no puede derrumbarse. Por ella. Por Paula.
Inspirando una bocanada de aire, decide entrar de nuevo en el hospital. Tras subir varios pisos por la escalera, llega a la planta correspondiente. Atraviesa el pasillo e, incrédulo, observa como la puerta de la habitación de Paula se encuentra abierta de par en par. Dani acelera su paso hasta llegar al marco de la puerta. No da crédito a lo que está viendo. Un hombre y una mujer, ambos con una expresión cansada y ojerosa en su rostro, rodean la camilla uno a cada lado de ésta. En un lateral de la habitación, el mismo médico que le había ofrecido aquella taza de café hacía varios minutos, apuntaba varia líneas escritas en una hoja sujeta a una tablilla de plástico rígido. Y, ahora incorporada sobre aquella camilla de hospital, está Paula. Lo ha logrado. Ha abierto los ojos, ha despertado del coma. El doctor tenía razón, nunca dejó de luchar y ahora está ahí, delante de él quien no puede ni siquiera gesticular. Daniel permanece inmóvil junto a la puerta, observando como la madre de Paula abraza  su hija mientras le deja besos en el cabello y la frente. Por otro lado, su padre no suelta el agarre de la mano de Paula. Ni siquiera cuando se fija en la figura de Dani en la entrada.
-Hija, estábamos tan preocupados- solloza su madre.
-Y creo que no éramos los únicos.- asegura su padre sin despegar sus ojos de Daniel.- Paula, creo que alguien quiere verte.
Una sonrisa por parte de los padres reconforta a Dani, quien termina sonriendo levemente. Paula ha vuelto y él no podría estar más feliz.
-Será mejor que os dejemos solos.- anuncia el médico mientras conduce a los padres de la paciente hacia la puerta.- Daniel- le llama antes de irse- me gustaría hablar contigo más tarde.
El muchacho asiente, no puede apartar la mirada de Paula. Ha esperado tanto este momento que no sabe cómo reaccionar, incluso ha pasado por su mente que podría tratarse de un nuevo sueño al igual que hace unas horas. Finalmente, se quedan solos y Dani cierra la puerta del cuarto.
-No puedo creer que hayas despertado por fin.- dice el muchacho mientras se aproxima a la joven- Paula he llegado a pensar que te perdía, que nunca más volverías a mirarme, a abrazarme… En este tiempo no te haces a la idea de la forma en la que te he echado de menos…tanto que ahora me cuesta creer que te esté hablando cara a cara.- se agacha junto a ella y le abraza dulcemente, atrayendo su cuerpo delicado hacia el suyo. De todos modos, siente a Paula distante, tal vez todavía aturdida por los golpes y daños del accidente. Debe darle tiempo, y él no tiene prisa. Ella ha vuelto y eso es lo único que le importa. Vuelve a clavar su mirada en sus ojos. Dios, nunca se cansará de ella, de la sensación que le produce. La quiera y ahora puede decírselo.- Paula, te…

-Perdona, pero…- le interrumpe ella. Una extraña mueca su forma en su rostro, al igual que la expresión de sus ojos no mantiene aquel brillo especial que solo guardaba para él. Se ha desvanecido… Dani intuye que algo pasa.-… ¿Quién eres?



Hola!! Antes de nada siento mucho no haber subido este capítulo antes, pero el curso ocupa todo mi tiempo :(
Ha llegado el último capítulo de esta segunda y última parte de "Gracias por hacerme feliz" Tal vez muchos no esperéis este final pero quería sorprenderos. ¡Espero que os guste!
¡MUCHAS GRACIAS A TODOS MIS LECTORES!
Besos:
María.
PD: Habrá un epílogo.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Dime que no me quieres. Capítulo: 34

Capítulo: 34

Ha conseguido calmarse desde que salió de aquella forma de la habitación de Paula del hospital. Una avalancha de recuerdos ha logrado derrumbar a Andrea, y es que Paula forma un pilar demasiado importante en su vida y viceversa. Ahora se encuentra fuera del edificio, necesitaba tomar un poco de aire. Quiere saber si Paula ha despertado, y quiere saberlo cuanto antes. Ya. No puede soportar entrar de nuevo en aquella fría y blanca habitación donde su mejor amiga yace en coma…no, definitivamente es superior a sus fuerzas. Toda la vitalidad que Paula desprende, sus ganas de comerse el mundo parece que se hayan desvanecido en ese maldito accidente. Ella pudo ver como el cuerpo de Paula salía disparado por los aires tras impactar contra el coche del conductor, de Cristian… ella no sabe que ha sido de él y, aunque resulte egoísta, tampoco le importa. Todo este tiempo ha estado persiguiéndolos por una venganza que se formó en su mente hace tiempo, una venganza sin pies ni cabeza que nació de su imaginación. Una venganza por la que Paula ha tenido que pagar las consecuencias. ¿Por qué ella? ¿Por qué?
Andrea siente como un profundo nudo se forma en su garganta. Tiene ganas de gritar, gritar tan alto y fuerte que todo el mundo pueda escucharla. Sin embargo, se mantiene firme con la mirada fija en un muchacho esbelto que acaba de cruzar las puertas del hospital. Y, en ese instante, desconociendo la fuente de la poca fuerza que le queda, Andrea se encuentra envuelta entre los brazos de Guillermo.
-No te vayas- le suplica ella. Nuevamente, las lágrimas corren por sus mejillas todavía húmedas de la otra vez.- no te vayas, Guille, no me dejes. Otra vez no, no te vayas.
-Shh…- le intenta calmar él mientras pasa una de sus manos por el cabello de Andrea, acariciándolo suavemente, enredando sus dedos en los largos rizos rubios de la joven.- Estoy aquí, estoy aquí.
-No te vayas- continua ella- por favor, no. Si te vas yo…no podré soportarlo. Ver a Paula en ese estado, nuestro beso en la heladería…todo ha hecho que me dé cuenta de que te necesito, no puedo soportarlo más. Te quiero Guille, no te vayas de nuevo, por favor…
El joven la llama por su nombre y atrapa su rostro entre las manos de manera que le obliga a mirarle a los ojos.
-Estoy aquí, ¿de acuerdo? No volveré a irme…-su tono de voz se torna mucho más amable y tímido- no puedo dejarte...eres demasiado importante para mí. Siempre lo has sido, nunca cambió nada. Ni siquiera tenerte a kilómetros de distancia hizo que mi amor por ti se rompiese.
Guille aparta con los pulgares las lágrimas que permanecen en las mejillas de Andrea. Después, lentamente, unen sus labios en un tierno beso.
-Andrea…
La muchacha se sobresalta al escuchar su nombre pronunciado por una voz que no corresponde a la de Guille. Nerviosa, dirige su mirada en dirección a aquella voz.
-¿Qué haces aquí?- susurra en una débil voz a la vez que se separa de los brazos de Guille.
-Necesito comprar una serie de cosas.- explica Matt- Me vuelvo a Argentina, aquí ya no me ata nada.
Avergonzada, Andrea baja la mirada hacia el suelo de la calle.
-Has…- carraspea para aclarar su voz- has visto todo, ¿no es así?
Matt asiente con la cabeza. Su expresión es tranquila y serena, ni siquiera muestra una mueca de disgusto o frustración y eso es algo que incomoda a la joven chica.
-Pero no te guardo rencor, Andrea. En al amor no todos podemos salir triunfantes como vencedores.
-Yo…no era mi intención herirte…
-Lo sé.- afirma- Era obvia tu elección, fue obvia desde que me confesaste que, en tu corazón, quedaba un hueco para Guillermo.
-Entonces, ¿por qué seguiste conmigo? ¿Por qué no me dejaste?- se extraña la muchacha.
Matt suelta una leve risa.
-Somos esclavos de nuestros sentimientos, nos comportamos como marionetas ante ellos. Por ese mismo modo, yo no podía dejarte ir pero tú tampoco podías olvidar a quien, desde el principio, se adueñó de tu corazón.
Una sonrisa asoma en la boca de Andrea. Matt no le odia, ni siquiera le guarda rencor por no haber sido su elegido. Es un chico fantástico y le desea todo lo mejor en su vida a partir de este momento.
-¿Qué harás de nuevo en Argentina?
-Un gran amigo mío de allí se ha comprado un pequeño piso en Buenos Aires y se ha ofrecido a compartir ese piso conmigo hasta que yo encuentre algo para mí solo. Intentaré encontrar un trabajo relacionado con mi mayor pasión, la fotografía y, bueno, quiero empezar mi nueva vida allí. Estoy seguro de que será genial.
-Y yo estoy segura de que conseguirás todo lo que te propongas.- Andrea se acerca hasta llegar a abrazar a Matt, un abrazo simple que fija el comienzo de la que puede ser una buena y grata amistad- Cuídate mucho.
-Lo mismo digo- asegura mostrando una amplia y reluciente sonrisa.
Andrea camina de nuevo hacia Guille quien le pasa un brazo por los hombros y le atrae hacia él. Esta vez, Matt dirige sus palabras a Guillermo:
-¡Promete que cuidarás de ella!- exclama Matt mientras se aleja de la pareja con pasos ligeros.
Guille vuelve su mirada a la chica que tiene a su lado y posa las yemas de sus dedos bajo la barbilla de Andrea, quien gira su cabeza hasta toparse con esa intensa mirada azul que le corta la respiración. Ella cierra los ojos hasta que las dulces palabras susurradas de Guille llegan a sus oídos:

-Lo prometo.



Hola lectores!

Antes de nada, siento mucho haber tardado tanto en subir este capítulo. Hace dos días que empecé el instituto e intento  darme prisa en subir los capítulos nuevos, pero este año tengo que estudiar mucho ;'(
También deciros que...queda un solo capítulo para poner fin a este segunda y última parte de Gracias por hacerme feliz. Hasta a mi me da pena que termine :'(
¡Muchas gracias a todos!
Besos!

lunes, 8 de septiembre de 2014

Dime que no me quieres. Capítulo: 33

Capítulo: 33

-¿Seguro que podemos entrar todos a verla?- pregunta temerosa Verónica.
-Ya has oído a la enfermera, no hay ningún problema en que entremos todos siempre y cuando mantengamos las formas y no armemos un escándalo.- asegura Guillermo explicándoselo a su amiga con loa palabras textuales de la enfermera.
Vero asiente no muy convencida y roza con la punta de sus dedos la manecilla de la puerta que les lleva a la habitación donde se encuentra Paula. La chica lleva hacia abajo su mano y tira de la manecilla metálica. Tras un grave crujido, la puerta se abre y, en fila, todos los amigos comienzan a entrar en el cuarto. Daniel, quien ha sido el último en entrar, deja que todos los demás pasen delante de él y observa cómo sus miradas se mantienen fijas en el inmóvil cuerpo de Paula. Sin embargo, él no cruza en umbral de la puerta Se cruza de brazos y apoya un lateral de su cuerpo junto al marco de madera. Nadie dice nada, solo se consigue escuchar el sonido de la máquina que marca el ritmo de los latidos del corazón de Paula.
-Dani- le llama la voz de Andrea. El chico levanta la vista y mira a la joven rubia.- ven.
A duras penas, empieza a caminar hacia la camilla. Cada paso hacia el cuerpo de Paula es una punzada en el corazón, cada vez que sus ojos se posan en las heridas de su rostro o sus brazos se siente como si todo su mundo se le desmoronase encima dejando caer toneladas de tristeza que el invade por dentro. Daniel llega hasta la parte baja de la cama y la rodea hasta llegar a una de las sillas del lateral, donde se sentó la última vez que entró en aquella habitación. Finalmente, deja caer el peso de su cuerpo sobre una de ellas. Ahora le resulta imposible apartar la mirada de la imagen de Paula.
-No parece ella, ¿verdad?- dice Marcos rompiendo el incómodo silencio que se había formado.
Raquel niega con la cabeza, es tal la impotencia que siente que ni siquiera impide la salida de sus lágrimas. Agacha la cabeza y cierra con fuerza sus puños y, con los brazos pegados a sus costados, no resiste emitir agudos sollozos al sentir el brazo de su hermano pasando sobre sus hombros, atrayéndola hacia él.
-Es como si toda la alegría que ella desprendía se hubiese esfumado.- ahora es Guille quien habla.
El rostro de Paula se ve pálido bajo la intensa luz que alumbra la habitación mientras que, la misma, hace resaltar las marcas de sus golpes y el vivo color de sus heridas. Parece que en cualquier momento su débil cuerpo va a dejar de luchar por despertar, por abrir los ojos una vez más. Daniel tensa su mandíbula antes aquella remota idea y juntas sus manos sobre su regazo.
-Paula sigue ahí- anuncia- en cualquier lugar de ese cuerpo inmóvil y esa mente en coma, Paula continúa siendo la misma. Solo tiene que abrir los ojos, no tirar la toalla.- respira profundamente antes de seguir hablando- Despertará, lo sé.
El muchacho alarga su mano temblorosa hasta llegar a rozar, despacio, la de su novia. Poco a poco, termina agarrándola con delicadeza, acariciando con el dedo pulgar el dorso de la mano de Paula. Él esperaría, esperaría toda una vida ahí sentado solo por verle despertar. Sentir como ese brillo característico de sus ojos marrones se posa sobre él cada vez que se miran, ver en primera fila el tono rojo del rubor de sus mejillas siempre tan inocente. Esperaría ahí sentado solo por besar sus labios sin miedo a que nada se interponga entre ellos, por decirle te quiero una vez más.
Daniel cierra sus ojos con fuerza y pasa su mano libre por su pelo, sin deshacer el agarre de la mano de Paula. Nadie se hace una idea de cómo se siente él en momentos así. La sensación que recorre su cuerpo al contemplarla en ese estado es tan brutal que, sin por él fuera, gritaría, chillaría tan alto como se siente hasta que la voz abandonase su garganta, hasta notar como el dolor de sus cuerdas vocales es tan potente como el que todo su interior siente al verla sobre esa fría camilla de hospital.
Verónica se percata del dolor que su amigo siente y decide acercarse a él. Y, antes de hablar, posa una mano sobre el hombro de Dani y le ofrece un ligero apretón que le reconforta de algún modo.
-Chicos, ¿qué os parece si cada uno rememoramos el mejor recuerdo que tengamos con Paula?- desvía su mirada a la joven de la camilla.- Aunque se encuentre en coma, estoy segura de que le encantará escucharnos.
Todos asienten ante la propuesta de Vero.
-¿Os importa si empiezo yo?
-Adelante- le anima Marcos.
Andrea recoge un mechón de su pelo rizado detrás de la oreja y se sienta a los pies de la cama de Paula. Antes de relatar su historia, le mira. Aunque hayan vivido muchos momentos juntas, a Andrea no le cuesta elegir uno de ellos. Aquel que perdurará siempre en su mente, el día donde su amistad nació.
-Recuero que era un día de Noviembre, en el instituto, a la hora del recreo. Salí la primera de clase dirigiéndome a la sala de profesores del tercer piso, tenía que entregar mi trabajo de literatura y ese día era el último para que la profesora tuviese todos los documentos en su poder y corregirlos. Una vez terminada mi visita a la profesora de literatura, me dirigía al patio cuando pasé por los baños de chicas y escuché un extraño ruido que llamó mi atención. Entré y, en una de las cabinas, distinguí el sonido de un llanto. Llamé a la puerta y pregunté que quién había ahí y si necesitaba ayuda. Una débil voz que venía de dentro solo me dijo que me fuese, que no quería nada. No conforme con eso, logré abrir la puerta con un golpe seco. En mi favor debo decir que esos cerrojos no son de muy buena calidad.- bromea Andrea pero, al instante, su rostro se torna en una expresión decaída- Paula era quien lloraba. Nunca olvidaré como sus ojos, rojos y llorosos, me miraron con sorpresa. Volvió a pedirme que me fuera mientras se cubría la cara con ambas manos. Paula no había hecho ni un solo amigo durante el tiempo que llevaba en el nuevo instituto, ni siquiera había insistido en ello. Por esa imagen que ofrecía a los demás, nadie le dirigía la palabra. Entonces yo desconocía la historia de la muerte de Inés. Le dije que saliese de allí, que yo estaría con ella en la hora del recreo sin importarme lo que dirían los demás al verme con ella. Quería conocerla y, quien sabe, tal vez llegar a ser su amiga. Pero no se dignó a salir de los baños y, tal y como si estuviese de nuevo en ese momento del día, Paula me dijo: ¿De verdad quieres perder el tiempo en conocer a alguien como yo?
Una lágrima rebelde escapa rauda por las mejillas de Andrea quien mantiene la mirada clavada en Paula.
-De repente, sonó el timbre y era la hora de volver a las clases. Paula se limpió la cara con las mangas de su jersey sin dejar rastro de lágrimas y se limpió las mejillas con un poco de agua del grifo. Disparada, salió de allí y caminó hacia su próxima clase que, fruto de la casualidad, era la misma que la mía. Cuando llegué a la clase de biología vi a Paula sentada en el último pupitre del aula, sola. Un grupo de chicas la miraban de vez en cuando y cuchicheaban a sus espaldas. Y yo, con la mirada puesta en esas chicas, me senté junto a Paula quien parecía mucho más sorprendida que la vez anterior. Ella me preguntó alarmada que qué hacía allí con ella de nuevo. Yo le respondí: Me apetece perder el tiempo contigo, como tú has dicho. Pero yo no opino que vaya a malgastarlo. Paula mostró una pequeña sonrisa…
Con cada palabra, los ojos de Andrea no dejaban de emanar más y más lágrimas y ella no hace nada por pararlas, ni siquiera su rostro refleja una mínima intención de hacerlo. Son tantos los recuerdos vividos que juntas comparten que, ver a Paula en esas condiciones, hace que Andrea sienta que hay posibilidades de no tener más momentos que recordar junto a ella.
-Fue desde entonces cuando, poco a poco, ella terminó confiando en mi. Me confesó todo por lo que pasó, como perdió a su amiga en una tarde de verano y como eso le había afectado de tal forma que se vio obligada a cambiar de instituto, d vida ya que eran muchas las cosas que le recordaban a Inés y fue una decisión difícil de tomar. No obstante, también me hablaba de sus aficiones y secretos.- Andrea suelta una leve risilla que se mezcla con el sonido de los sollozos- Ella temía de no ser aceptada por vosotros pero, en cambio, una vez que se integró siempre ha dicho que estaba en deuda con nosotros por salvarle de ese mundo de tristeza en el que estaba sumergida. Y ahora ella está ahí tumbada luchando por ser fuerte cuando nunca fue necesario que no debiese nada…
Un llanto mucho más fuerte sale del cuerpo de Andrea, quien se cubre el rostro con ambas manos y sale a toda prisa de la habitación.
-Iré con ella- avisa Guille saliendo por la puerta en su busca.
Raquel se sienta en el lugar que ocupaba Andrea en la camilla junto a Paula y examina a sus amigos con los ojos todavía llorosos.
-Dani- le llama- vamos, cuéntanos a nosotros el mejor recuerdo que tengas con Paula.
Éste niega levemente con la cabeza.
-Venga- le anima Marcos.
De nuevo, vuelve a mover la cabeza hacia los lados.
-No puedo escoger un solo recuerdo- asegura.
-Entonces no te limites solo a uno- escucha la voz de Verónica a su lado.
Daniel resopla cansado. Decidirse por un solo recuerdo sería menospreciar a los demás y eso es algo que no va a hacer. Todos y cada uno de los momentos que ha pasado con Paula y que su mente guarda son especiales para él. En cada uno tuvo mucho más claro sus sentimientos hacia ella y su primera amistad. Son pequeños tesoros del mismo valor, un valor incalculable.
-¿Creéis que ella puede oírme?- pregunta Dani.
-Inténtalo- le vuelve a animar Marcos adivinando las intenciones del otro muchacho.
Daniel se acerca más a la camilla y agarra, con las dos manos, la de Paula. Lentamente se la lleva a los labios de deja un casto beso en el dorso. No se va a contener, va a dejar que las palabras fluyan solas. Del mismo modo que cuando tiene un papel delante, listo para ser escrito.

-A veces me gustaría tener una máquina del tiempo, volver al pasado. Lo habitual sería decir que la emplearía para corregir mis errores, pero si lo hiciera no aprendería y volvería a cometerlos una y otra vez. Yo viajaría en el tiempo para revivir cada día contigo. Suena cursi, ¿no? Tal vez lo sea, un romántico empedernido.- ríe por lo bajo- Sin duda, primero iría a aquella mañana navideña donde gritaría de nuevo que te quiero y estoy seguro, que te emocionarías tanto como la primera vez. Volvería a todas esas tardes en casa que terminaban en besos y caricias. Retrocedería en el tiempo solo por cruzarme contigo todas las mañanas, por ver como nerviosa muerdes el bolígrafo antes de un examen, por disfrutar de tus mejillas sonrojadas en una situación comprometida, por volver a rozar tus labios una vez más y retroceder mil veces para hacerlo de nuevo. Sé que vas a despertar, porque no quiero ponerle este final a nuestra pequeña historia que, a su vez, es enorme solo por el hecho de compartirla contigo. Paula, te quiero y, estoy seguro, de que abrirás los ojos lo antes posible para poder decírtelo, una vez más, mirándote a los ojos. Porque, recuérdalo, es nuestra pequeña historia, pero es solo nuestra.


lunes, 1 de septiembre de 2014

Dime que no me quieres. Capítulo: 32

Capítulo: 32

-Si señora, no se preocupe.- habla Verónica- Se lo diré lo antes posible. Hasta luego.
Presiona el icono de un teléfono en rojo de su Smartphone y cuelga la llamada. Ya ha terminado de avisar a todos los padres de sus amigos, la última en llamar ha sido la madre de Dani, quien le ha dicho que por favor estén atentos de su hijo ya que ella irá en cuanto pueda al hospital. Verónica guarda su móvil en el bolsillo de su vaquero y bebe un nuevo sorbo del café que Marcos le ha traído de la cafetería del hospital.
-¿Has llamado también a tus padres?- le pregunta el joven que permanece sentado en frente de ella.
Vero clava su mirada en los ojos de su amigo. Anteriormente, hace dos horas para ser exactos, le había contado como estaba la situación entre ella y sus padres, quienes no aceptaban a Lucas. Marcos se sorprendió al escuchar aquella historia, no esperaba que los padres de Verónica reaccionasen de esa manera. Es cierto que siempre fueron muy estrictos, pero no pensaba que impondrían barreras en los sentimientos de su hija hacia Lucas.
-No- niega ella- ni a ellos, ni a Lucas.
-¿A qué esperas?- se impacienta Marcos mientras que Vero le mira desconcertada y con ceño fruncido- Mira, sé que es difícil que tus padres acepten tu relación con Lucas, pero no pueden huir de esto siempre que lo vuestro dure. Entiéndelo Vero, hay que hacerles entrar en razón.
-¿Cómo?
Marcos levanta una ceja y una mueca traviesa asoma en su rostro.
-Yo te voy a ayudar- le asegura él.


Nerviosa, presiona los diferentes botones del mando de la televisión para cambiar a los canales que más les gustan. Aunque, ahora mismo, los desprecia. Oriana decide apagar la televisión y, con toda la ira acumulada de estos días, arroja el mando contra el suelo haciendo que, la tapa que guarda las pilas para que éste funcione, se desencaje de su lugar y salga disparada. Se lleva una mano a la frente que deja caer por toso su rostro. No tiene noticias de Cristian desde la noche en la que ambos se pelearon. Ha pensado en disculparse, pero su orgullo le dice que no debe ser ella quien dé el brazo a torcer. No, esta vez no.
Histérica, comienza a morderse las uñas mientras busca sobre la mesa, sin éxito, un nuevo cigarrillo que colocarse entre los labios hasta que un estruendoso golpe en la puerta hace que se sobresalte.
-¿¡Quién es!?- grita enfadada.
Dos nuevos golpes.
-¡Está abierta!- grita Oriana dejándose caer sobre el sofá.
Desde allí, escucha el ruido de la puerta al abrirse y, como de un seco portazo, se cierra. La muchacha camina hasta el pasillo y divisa a un corpulento chico de anchas espaldas y fuertes brazos. Raúl, el joven que Cristian contrató para hacer el trabajo sucio el día que amenazó a Raquel y, además de todo eso, un viejo amigo de Oriana.
-¿Qué haces aquí?- exige saber ella.
-Veo que no te has enterado de la noticia.- la grave voz de Raúl hace que Oriana sienta escalofríos- ¿No has visto el telediario?
-No necesito saber sobre las desgracias que ocurren en el mundo, ya tengo bastante con mi vida. Gracias- contesta con un tono frío.
Raúl apoya un de sus codos en la gruesa y arrugada pared del pasillo del local. Desviando la mirada varias veces, intentando no toparse con la de la muchacha, se dispone a hablar.
-Escucha, ha habido un accidente esta tarde en el centro de la ciudad. Una joven chica ha resultado gravemente herida y la han llevado al hospital más cercano lo antes posible. Sigue allí, ingresada, en coma.
-¡Qué me importa mi eso!
-¡Escúchame, Oriana! ¡No solo ha habido un herido!- se alarma él- El conductor que provocó el accidente perdió en control del vehículo y, en el impacto, murió.- Raúl toma aire con dificultad- El supuesto coche…era el tuyo. El color y la matrícula coinciden.
Oriana siente una fuerte presión en el pecho que, prácticamente, no le deja respirar. Siente como la sangre se congela en sus venas, como las piernas comienzan a flaquear hasta el punto que cae de rodillas en el suelo, sin apartar la mirada de Raúl quien tensa la mandíbula al verla en ese estado. Sin dar crédito a las palabras que su amigo le ha comunicado, Oriana cierra los ojos con fuerza, intentando hacerse creer a sí misma que el conductor de ese coche no era Cristian. Negando todas las pruebas que afirman que él está…
-Cristian ha muerto- finaliza Raúl.
Muerto… Un grito desgarrador sale de la garganta de Oriana al escuchar esa palabra. Muerto. Aprieta los puños con tanta fuerza que nota como la uñas se clavan en la palma de su mano, un dolor insignificante comparado con el que siento dentro de ella. Y, sin ni siquiera percatarse de ello, las lágrimas que tanto tiempo guardó dentro de ella, salen al exterior. Caen por sus mejillas y no se inmuta, no hace nada por frenarlas. ¿De qué serviría? Por otro lado, sintiéndose inútil, Raúl abandona la casa y, tras el sonoro ruido de la puerta al cerrarse, Oriana suelta un nuevo grito que retumba en las paredes del local. Ahora está sola, tanto en la casa como en su vida.


Un pitido…dos…tres…
-¡Hija! ¡He visto las noticias! ¿Dónde estás?- pregunta alarmada la madre de Vero por la línea telefónica- ¡No sabes lo preocupados que nos tenías!
-Mamá, tranquila estoy bien- le tranquiliza- La chica del accidente ha sido Paula. Se encuentra en coma pero nosotros estamos aquí con ella, esperando noticias sobre su estado. Bueno, yo estoy con Marcos en la cafetería del hospital. Pero estoy bien.
Escucha un suspiro de alivio al otro lado de la línea.
-Verónica, vamos para allá. Sé que no es el momento adecuado para decirlo pero, tenemos que hablar sobre dónde has pasado la noche… ¡nos has tenido en vela!
-Mamá…
-¿Has estado con ese chico, verdad? ¡No es bueno para ti!- exclama ella con un tono despectivo hacia él que hace que a Verónica le hierva la sangre.
-Tienes razón mamá, no es el momento adecuado.
Y cuelga. Vero deja el Smartphone sobre la mesa, justo al lado de su segundo café.
-¿Qué han dicho?- se interesa en saber Marcos.
-¿Has estado con ese chico, verdad? ¡No es bueno para ti!- contesta ella imitando el tono de voz de su madre y empleando las mismas palabras.
El chico sonríe ante la mala imitación de Verónica y bebe un trago de su refresco.
-Ya sabes a quien toca llamar ahora- Marcos le acerca el móvil de Vero a su dueña. Ella lo acepta y busca a Lucas en sus contactos. El plan de Marcos consiste en un encuentro entre los padres de la joven y Lucas, un encuentro con una única escapatoria, solucionar los problemas entre ellos.
-¿Vero?- contesta el chico al otro lado de la línea telefónica.
La muchacha respira hondo antes de contestar.
-Sí, soy yo. Lucas escucha, estoy en el hospital y antes de que te pongas loco de nervios déjame explicarte lo que ha pasado.- aclara Verónica- Mi amiga Paula ha sufrido un accidente esta tarde, un atropello, y se encuentra ingresada en coma en el hospital. Nosotros estuvimos con ella en ese momento pero estamos bien, no hemos sufrido ningún daño.
Se escucha un nuevo suspiro de alivio, esta vez por parte del muchacho.
-Lucas, necesito que vengas.
-En seguida salgo para allá- se apresura a decir él- dame la dirección.
Vero le explica en qué zona se encuentra el hospital ya que no conoce el nombre exacto de la calle.
-En menos de diez minutos estoy allí.
Y, antes de que Vero pudiera replicar nada, Lucas termina la llamada.
-Genial, con un poco de suerte tal vez Lucas acabe en el hospital esta noche.
-¿Por qué lo dices?- se extraña Marcos.
-Habrá salido disparado con la moto, estoy segura. Él y la adrenalina no son muy buenos aliados y, ahora mismo, debe de estar hasta aquí- hace un gesto llevando su mano por encima de su cabeza y manteniéndola en esa posición- de ella.
-Pues más le vale reducir esos niveles, tus padres acaban de llegar.
Marcos gesticula con su cabeza, indicándole a Verónica la dirección en la que sus padres se dirigen hacia ella y no con muy buena cara que digamos. Resignada, Vero se levanta de su asiento tras escuchar un “buena suerte” de la boca de Marcos. Camina hacia ellos con un paso lento y pausado, deseando que Lucas llegue en cualquier momento.
-¡Verónica!- exclama su madre cuando envuelve a su hija entre sus brazos- ¡Estábamos tan preocupados!
-¿Dónde está?- se alarma su padre- Voy a enseñarle a ese delincuente las consecuencias de llevarse a mi hija fuera toda una noche.
-¡Él no fue quien decidió que me fuera! ¡Y no está aquí!
El hombre, nervioso, busca con los ojos a Lucas por toda la cafetería. Su mirada se topa con la de Marcos, quien levanta las manos como signo de inocencia.
La madre de Verónica se acerca a su marido y posa las manos sobre sus hombros.
-Cariño, por favor cálmate…
-¡Dónde está ese desgraciado!- grita el hombre con los ojos calvados en su hija.
-Aquí- habla una voz que cruza las puertas correderas del hospital. Verónica, automáticamente, gira su cuerpo en dirección al joven que acaba de entrar.
-¡Lucas!
La joven comienza a correr hacia su novio, quien le coja al vuelo y le abraza con fuerza. Cuando la deja sobre el suelo, observa que no presenta ni una sola lesión.
-Tranquilo- susurra- estoy bien, no me ha pasado nada.
Decidido a rodear su cuerpo con sus brazos de nuevo e inspirar el aroma que su pelo desprende, las palabras del padre de la joven le impide hacerlo.
-Aparta las manos de mi hija- le dice caminando con pasos amenazantes hacia él.
-¡Papá!- se alarma su hija interponiéndose entre ambos. Lucas, haciendo oídos sordos a las advertencias de aquel hombre, coloca una mano en el hombro de su chica y hace que haga a un lado. Su mano pasa a coger la suya tras dejar un camino de caricias en su brazo.
-Mire señor,- se arranca a hablar Lucas. Siente como la palma de su mano libre se humedece a causa del sudor y se ve obligado a carraspear para aclarar su voz. No cabe duda de que la situación le incomoda.- usted está en su claro derecho de odiarme, no sería la primera persona que lo hace. Pero de algo puede estar seguro, y es que quiero a su hija. Yo nunca tuve una vida fácil, yo mismo me las busqué. Vivir demasiado deprisa sin tener en cuenta las consecuencias y, al final, me choqué contra la cruda realidad.- Lucas se lleva la mano a la zona del abdomen donde, en una cicatriz, queda marcada su perpetua lucha contra el cáncer.- Pero, ¿sabe qué? Todo lo que viví me hizo darme cuenta de que necesitamos parar, respirar y aprovechar cada segundo de nuestro día a día.- desvía sus ojos a la figura de Verónica.- Por algunas personas merece la pena frenar.
-Oye chico…- le corta el padre de la muchacha.
-Sé que todo esto pueden parecerle simples habladurías de adolescentes, yo no lo veo así. Estoy enamorado de Verónica. La quiero y se lo gritaría a quien hiciese falta. ¡La quiero!- exclama alzando la voz haciendo que varias personas se giren en su dirección, aunque no parece importarle en absoluto.- Nunca le haría daño y, si algún día llego a cometer un solo error que le hiera, le daré el gusto de partirme las piernas porque me lo merecería. Pero, antes de dar por sentado que soy un mal chico, deme una oportunidad de conocerme y le haré ver que puedo cuidar de su hija, de que puedo hacerla feliz. Sin ella…volvería a mis antiguas andadas…- Lucas fija sus ojos en los del hombre, los cuales, se ven cansados y atentos a sus palabras.- Por favor, deme esa oportunidad de demostrarle que lo que siento por Verónica es cien por cien cierto.
Emocionada, Vero alza sus brazos hasta rodear el cuello de su chico donde entierra su rostro. Él, sin embargo, mantiene la mirada fija en la pareja de enfrente. La mujer dibuja una sonrisa amable en su rostro, del cual la vejez se comienza a apoderar. Mientras tanto, su esposo, no sonríe, ni siquiera un rasgo compasivo asoma en sus facciones. Pero hay algo en sus ojos que le transmite tranquilidad, una chispa que se ilumina aparece en ellos. Ahí es cuando Lucas entiende que, ambos, le han concedido su ansiada oportunidad.

viernes, 29 de agosto de 2014

Dime que no me quieres, Capítulo: 31

Capítulo: 31
Capítulo: 31
DANIEL.
¿Conoces esa sensación en la que sientes que el tiempo no avanza? ¿Qué todo a tu alrededor se paraliza? Y eso no es lo peor de todo… ¿Has vivido alguna vez como la vida de la persona a la que amas cuelga de un hilo? ¿No? Entonces, considérate una persona afortunada. Hace tres horas que estoy aquí, sentado en una incómoda silla de color azul, rodeado de paredes blancas, techos y suelos del mismo color. El hospital, un lugar que ha conocido miles de vidas, algunas de ellas han podido despedirse de este triste rincón y, muchas otras, han sido quienes recibían esas despedidas acompañadas de llantos amargos que, al cabo de los años, estas frías paredes blancas de yeso mantienen grabados en su historia. Es uno de los peores finales, ¿no crees? Gastar los últimos minutos de tu vida tumbado sobre una camilla, que lo último que vean tus ojos sean los angustiosos rostros de tus seres queridos, que tus últimos pensamientos sean todas aquellas cosas que podrías haber hecho y la vida, tan ambiciosa, no te ha permitido llevar a cabo. No le deseo un final así a nadie… pero, sin lugar a dudas, no puedo permitirme como, la vida de la chica a la que quiero, termina de esa forma. No sería justo, no para ella. Paula no. Yo sigo aquí, sentado, sin poder hacer nada. Con la mirada fija en la puerta de la habitación donde ella se encuentra, esperando a que alguien, quien sea, salga de ahí con noticias que hagan que me tranquilice.
-¿Por qué no te vas a casa? Tienes que descansar, si tienen noticias te llamaré.- dice la voz de Guille a mi derecha. No obstante, no aparto mi vista de la puerta de la habitación y niego levemente con la cabeza.
-Dani- me llama Andrea, que aparece junto a Guille- él tiene razón, deberías ir a casa y…
-¡Chicos!- les llamo la atención mirándolos por primera vez- ¡No pienso moverme de aquí hasta que sepa noticias de Paula o la vea salir por esa maldita puerta!
-Tío, ella está en coma…-susurra Guille.
-Lo sé.- respondo cortante llevando de nuevo mi mirada al frente- Despertará.
Andrea acaricia el brazo de Guille y le hace un gesto con la cabeza indicándole que es mejor dejarme solo. Segundos después, escucho el sonido de sus pasos mientras se alejan. Deja caer mi cuerpo hacia atrás hasta que mi espalda topa con el respaldo de la silla y mi nuca siente el frío de la pared. Mi mente no deja de recordar la imagen del pequeño cuerpo de Paula sobre el suelo mojado de la calla a causa de la lluvia. Siento como mis ojos comienzan a escocer solo de recordarlo y me froto los párpados con las manos. No puedo venirme abajo ahora, no mientras Paula sigue ahí encerrada, sin reaccionar.
-No es bueno guardarse las lágrimas.- me aconseja la voz de Raquel quien aparece sentada a mi lado. Ni siquiera me había percatado de que ella estaba allí todavía. Dirijo mi mirada hacia su rostro. Tiene los ojos rojos e hinchados y un camino de rímel negro que las lágrimas han dejado por sus mejillas- Yo no lo hago, como ves.
Sin saber por qué, me quedo callado. Algo dentro de mí me dice que lo mejor sería abrazarla, pero no lo hago. Algo dentro de mí dice que, si siento algo por la chica que está dentro de aquella habitación, debería dejar que las lágrimas corriesen libres de mis ojos. Tampoco lo hago. Me limito a observar a Raquel, quieto con la mirada perdida en un nuevo pañuelo de papel que ella saca de su bolsillo.
-Yo soy la que tendría que estar dentro de esa habitación…
-¿Por qué dices eso?- le pregunto desganado. Me inclino hacia delante, clavando mis codos en las rodillas y mi barbilla sobre mis manos.
Raquel se enjuga las lágrimas con el pañuelo y traga saliva antes de hablar:
-No lo aguanto más…Dani, hay algo que, tanto Paula como yo, deberíamos haberos contado hace tiempo… ¿Reconociste la cara del conductor del accidente?
-No…- niego con la cabeza- El conductor salió disparado por el cristal delantero del coche, aterrizando boca abajo en la carretera. No me molesté en descubrirle, solo la imagen de Paula hizo que…- carraspeo con la voz entrecortada- La ambulancia llegó muy deprisa y, al comprobar que el conductor yacía sin vida en el suelo, lo cubrieron mientras otro grupo de médicos acudía junto a Paula…- un lágrima rebelde escapa por mi mejilla y no me molesto en retirarla- Raquel, por favor dime todo lo que sepas…
-Fue Cristian- dice con carrerilla al hablar. Mi cuerpo se tensa al escuchar su nombre.- Estoy segura de que fue él, todo encaja… Hace unos días, Cristian amenazó a Paula con que, si no hacía todo lo que le pedía, algo terrible os ocurriría a todos vosotros. Algo que nunca nos dijo… Pocos días después, yo también sufrí sus amenazas aunque, desconocía que Paula se veía en la misma situación que yo. Hace dos días exactos, Cristian nos envió el mismo e-mail a Paula y a mí. Para llevar a cabo su plan contra nosotros, teníamos que dirigiros a la Plaza España esta tarde.
De un salto, me levanto de la silla y aprieto los puños de las manos. Por eso veía a Paula tan distinta estos días anteriores, no podía decirle nada…
-¡Deberíais habérnoslo contado! ¡Juntos habríamos ideado algún plan contra él! ¡Ahora Cristian es peligroso, Raquel! ¡Parece que no lo sepas!
Lleno de ira, rabia y enfado, golpeo la pared con la palma de mi mano, impactándola contra ella con todas mis fuerzas. El dolor del golpe se extiende por todo mi brazo sin importarme. Ese imbécil de Cristian estuvo todo el tiempo detrás de nosotros sin ningún motivo que nadie considere correcto. Tan solo él. Y, en el fondo, estoy seguro de que es su nueva vida quien le hacía comportarse así, de una forma tan mezquina que se ganó el odio de todos los que, anteriormente, obtuvo su confianza.
-¡Daniel estábamos contra la espada y la pared!- llora Raquel refiriéndose a Paula y a ella misma- Paula no me dejó intervenir, solo me dijo que tenía que ser más inteligente de Cristian por nosotros. Quiso cargar con todo el peso ella sola… intenté impedírselo pero fue demasiado tarde…Lo siento…
Raquel llora de manera incontrolada, sin importarle la gente que tenga a su alrededor. Ya de nada le sirve su pañuelo de papel. Esta vez, no dudo en acercarme a mi amiga y abrazarla. Reconozco que, estos días, han sido muy duro para ella y para Paula. En ésta última, podía ver como su vitalidad y las ganas de vivir la vida con una sonrisa en la cara se borraban con facilidad. Paula siempre pensó que, de alguna forma, estaba en deuda con todos nosotros. Incluso conmigo. Tras el trágico acontecimiento que le arrebató a Inés, su vida dio un giro completo. El cambio de instituto fue realmente duro para ella, nadie la conocía y ella, por su forma de ser tan tímida y reservada, no se daba a conocer. Nosotros fuimos acercándonos poco a poco hacia ella, adentrándonos en su vida como sus mejores amigos finalmente. Paula siempre ha creído que, por esa razón, estaba en deuda con ellos. Ha pagado el daño que Cristian pensaba hacernos ella sola en este accidente sin ni siquiera saber qué planes tenía el muchacho.
El ruido de la puerta al abrirse rompe el amistosos abrazo entre nosotros. Me doy la vuelta, dándole la espalda a Raquel, y clavo mi mirada en un médico mayor que sale del cuarto de Paula.
-¿Cómo está? ¿Ha despertado?- me apresuro a preguntar.
El hombre, cabizbajo, niega con la cabeza.
-Me figuro que sois amigos de la joven, ¿no es así?
Raquel y yo asentimos a la vez.
-Uno de vosotros puede pasar a verla.
Raquel me da un leve empujón hacia delante susurrándome que es mejor que sea yo quien entre. Me acerco a la puerta de la habitación donde, antes de pasar, el médico posa una mano sobre mi hombro y da un ligero apretón. Una sonrisa forzada sale de mi boca. Cierro la puerta, viendo como la imagen de Raquel permanece en el pasillo del hospital. Suspiro listo para darme media vuelta y ver su figura en aquella fría camilla. Despacio lo consigo, pero es mucho más duro de lo que pensaba. La cara y los brazos de Paula presentan varios rasguños y magulladuras aunque, lo peor de todo, es esa blanca venda que le rodea la cabeza. El golpe fue muy fuerte…
Alcanzo una silla más confortable que las de fuera y me siento sobre ella, justo al lado de la donde yace Paula. Alargo mi mano temblorosa hasta agarrar la suya con delicadeza, como si fuese un frágil juguete de cristal. Verla en ese estado está resultando ser superior a mis fuerzas, las pocas que ya me quedan. Abatido, apoyo mi brazo izquierdo en un lateral de la camilla donde nada roza el cuerpo de Paula y dejo caer mi frente sobre este. Ya no hay nada que detenga a mis lágrimas. Nunca me gustó llorar, ni que la gente me vea hacerlo. Pero, ahora, no hay nadie que pueda verme en esta habitación y, como ha dicho antes Raquel, no debemos reprimirlas. ¿Quién lo haría viendo como la chica a la que ama se encuentra dormida en aquel lugar?
-Paula- intento hablar- tengo miedo, mucho. Temo que no despiertes, que no vuelvas a mirarme nunca más. De no volverte a escuchar reír, de no abrazarte, besarte…- las lágrimas surcan mi rostro cada vez más deprisa- Despierta. Despierta, por favor. Paula, te quiero. Despierta.
Cansado, dejo que los llantos se apoderen de mí en aquella habitación de hospital mientras no dejo de repetir:
“Paula, despierta”




Hola lectores!¿Cómo estáis?
Vale, Sé Que Este Capítulo es Distinto ya Que el narrador es Daniel. Me apetecía hacer este capítulo así jaja. ¿Qué os parece?
También quería deciros Que, este capítulo es uno de lo más tristes que he escrito en esta segunda parte (por no decir el que más)
No obstante, espero Que os guste. Podéis decirme en los comentarios qué os parece.
Besos!
María.

domingo, 24 de agosto de 2014

Dime que no me quieres. Capítulo: 30

Capítulo: 30

La tarde anterior a las 23:00. En el piso de Lucas.
Verónica sigue dormida, con la cabeza apoyada sobre el pecho de Lucas. Él ha abandonado el sueño hace media hora aproximadamente, no está seguro. Desde que ha abierto los ojos ha centrado su atención en la joven que descansa junto a él. Varios mechones rebeldes caen por su frente hasta llegar a las mejillas. Lucas sonríe y le aparta el pelo de la cara haciendo que ella se abrace más a él. Podría estar así toda la vida y nunca se cansaría. Sin resistirse más, Lucas acerca sus labios hasta posarlos sobre los de la chica en un casto beso. Despacio, Verónica termina abriendo los ojos tras parpadear varias veces. Su mirada desprende un brillo especial que no había visto antes en ella, algo por lo que merece la pena despertarse todos los días junto a ella. Solo por verla despertar.
-Estás preciosa- susurra.
Vero sonríe y estira su cuello para llegar a los labios de su chico. Los besa con dulzura y deja caer su cabeza sobre la almohada, percatándose de que ninguno de los dos lleva alguna prenda de ropa. La muchacha se conoce a sí misma y sabe que debería sentirse avergonzada de que su novio la viese así, con las mejillas encendidas en un tono rojizo y sin poder sostenerle la mirada a Lucas, ni siquiera un segundo. Pero nada de eso ocurre. Se siente segura, protegida. Ha tenido su primera vez con el chico al que quiere, y eso es algo que no todo el mundo puede decir en la actualidad. Muchas personas de su edad se toman este tema a la ligera cuando no debería ser así. No obstante, hay una pregunta en la cabeza de Verónica que le atormenta. ¿Habrá estado a la altura?
-¿Estás bien?- le pregunta Lucas.
-Nunca he estado mejor- asegura ella- pero quería preguntarte algo- carraspea- Lucas, sé que esta no ha sido tu primera vez, en cambio yo…no sé si…
-Sabía que te ibas a estar comiendo la cabeza con eso.- le corta él- Ha sido perfecto, ¿y sabes por qué?
Vero se encoje de hombros.
-Porque ha sido la primera vez que lo he hecho con alguien a quien de verdad quiero y estoy enamorado de ella.
Y eso es cierto. Pasaría horas y horas solo mirando cada rasgo de ella, cada imperfección que ella encuentre y que, para Lucas, sea otra perfección a la que amar. Simplemente, porque es Verónica. Escribiría miles de canciones sobre lo que tienen la suerte de vivir juntos, dormiría a su lado, haciéndole frente a todas sus pesadillas y adentrándose en los más bellos sueños. Le confesaría tantas veces la palabra “te quiero” que se quedaría pequeña en significado. Vero le hace olvidar lo que un día fue, solo ella lo ha conseguido.
-Quédate- le pide mirándole fijamente a los ojos mientras acaricia su cuello con los dedos.
-¿Esta noche?
-Siempre.

Hoy a las 17:00. En la habitación de Paula.
Chicos, ¿os apetece quedar esta tarde? Podríamos ir al Rock and Blues… ¿qué os parece?
Paula bloquea su Smartphone y espera, sentada delante de la pantalla encendida de su ordenador, a que sus amigos contesten al mensaje que ella acaba de mandar por el grupo de WhatsApp que comparte con ellos. Tal y como esperaba, todos ellos deciden asistir a la quedada.
¿A qué hora quedamos en el bar?
Paula lee el mensaje que Marcos acaba de mandar. Si ella no recuerda mal, Cristian no dijo nada de una hora concreta en aquel correo que le envió explicando todos los detalles de su encuentro con ellos. Todo, menos una hora determinada… Dándose prisa, la chica entra en su correo electrónico y revisa su bandeja de entrada. Tal vez podría haber mandado algún otro mensaje… pero nada. Paula aparta el ratón del ordenador con un golpe y se lleva las manos a la cabeza. Incluso el acertijo más complicado le resultaría más fácil de resolver que esta situación. ¿De qué modo está jugando con ellos? ¿Por qué? Tiene que ser más lista que él, si Cristian piensa llevar a cabo su plan por encima de todo, no le importará cuánto se retrasen ella y sus amigos. Estará allí, preparado. Rápidamente, Paula teclea:
¿Os parece bien a las seis allí?
Todos responden estando de acuerdo y continúan hablando sobre sus respectivos veranos, una conversación en la que Paula no interviene. Cierra su sesión en Twitter, la cual ojeaba hace un rato, apaga el ordenador y se inclina sobre la silla. Apoya los codos sobre las rodillas y entierra la cabeza entre sus manos. Necesita despejarse. Con un suspiro, se levanta de la silla y camina arrastrando los pies hasta el baño. Una ducha no le vendrá nada mal. Paula cierra la puerta y camina hasta el lavabo donde deja su ropa. Se adentra en la ducha y deja que el agua caliente corra por su cuerpo y por el cabello. El vapor que deja el agua por las paredes de la ducha y por su piel, hace que se relaje por unos instantes.
Termina y envuelve su cuerpo en una toalla negra que le llega a la altura de sus rodillas. Su cabello oscuro cae largo por su espalda, dejando pequeñas gotas que mueren al caer en la toalla que la rodea. No puede perder tiempo. Seca su piel y, acto seguido, pasa una nueva toalla por su cabello retirando la mayor cantidad de agua posible dejándolo caer, húmedo y ondulado, por sus hombros. Se dirige de nuevo a su habitación y escoge la ropa que llevará puesta esta tarde. Paula se termina decantando por una camisa sin mangas de cuadros rojos y negros, unos vaqueros oscuros y cortos de tiro alto que realzan sus largas piernas y unas Vans de color negro. Alcanza su móvil y las llaves de la casa para guardarlo todo en una pequeña mochila que se cuelga a la espalda. Termina recogiendo su pelo en una coleta alta y sale de la casa tras despedirse de sus padres. Paula echa a correr calle abajo, debe darse prisa.

Al cabo de un cuarto de hora. En el Rock and Blues.
-¡Mirad!- exclama Guillermo- ¡Por ahí viene Paula!
-¡Llegas tarde!- se queja Marcos haciendo una mueca sacando la lengua a la recién llegada.
-Lo siento- se disculpa ella- No esperaba que se me hiciese tan tarde.
-No os metáis con ella- ríe Dani, quien aparece rodeando por detrás la cintura de Paula- ¿Te apetece tomar algo?
Haga lo que haga, nada bueno ocurrirá. Si pierde más tiempo en el Rock and Blues, Cristián se las adueñará para que, algo mucho peor de lo que ya tiene intención de que ocurra, tendrá lugar.
-¿Y si damos una vuelta por el paseo?- propone ella.
Nadie rechista ante la propuesta. Para llegar al Paseo de Independencia debe cruzar la Plaza de España, justo el lugar que Cristian le indicó en el e-mail. Paula se queda atrás, dejando que sus amigos caminen delante de ella. Dani intenta subirse a los hombros de Guille como si fuera un niño pequeño mientras que Andrea los observa volteando los ojos, Vero camina junto a Marcos ambos realmente felices y Raquel, sin embargo, mantiene su mirada puesta en Paula.
-¿Va a tener lugar ahora, verdad?- pregunta con un hilo de voz.
Paula se limita a asentir a la vez que avanza arrastrando las suelas de sus zapatillas.
-Temo que os estoy poniendo en peligro a todos, Raquel. Pero no me queda otra opción.- un estruendoso ruido hace que la muchacha deje de hablar y dirija su mirada hacia el lugar de donde procede aquel fuerte sonido. Se avecina una tormenta.
-Paula, dime qué te propones- le suplica su amiga.
La joven no contesta. Ambas se frenan en cuanto llegan a la altura de un paso de cebra donde el hombrecillo rojo del semáforo les impide el paso. Varios vehículos aceleran y pasan por delante de los peatones, todos ellos esperando su turno para cruzar la calle de la Plaza España. De entre tanto vehículos, Paula reconoce uno de ellos, del cual, no aparta la mirada. No se mueve, está esperando a ala señal que le indique el momento justo para acelerar. Aquella matrícula…el mismo coche de la noche en la que encontró el diario de Inés…el mismo conductor… La lluvia comienza a caer sobre la acera, cada vez con más fuerza. En pocos segundos, la carretera y las calles se ven realmente mojadas y resbaladizas. El hombrecillo rojo del semáforo cambia de color a verde. Todos comienzan a cruzar y el vehículo que Cristian conduce empieza a moverse, aunque no a mucha velocidad.
-Raquel, ve con ellos- le pide Paula. Se acerca sus momento de actuar.
-No hasta que me digas que tienes en mente.
Raquel agarra el brazo de Paula, quien intenta zafarse de ella sin mucho éxito. La arrastra hasta la mitad del paso de cebra, donde se encuentran sus amigos.
El coche de Cristian se acerca con mucha más rapidez a ellos. Paula no le quita la mirada de encima al conductor, esos ojos fríos que tanto le atormentaron en su pesadilla muestran una mueca de asombro. Cristian comienza a mirar hacia todas partes dentro de su coche, pero pierde el control. La calzada resbaladiza y su escaso y básico dominio del vehículo, hacen que derrape en la dirección que en un principio él quería. Los que fueron sus amigos.

-¡¡Apartad!!- grita Paula con toda sus fuerzas, empujando a los últimos del grupo. No tiene tiempo de reconocer quienes eran. Ya no tiene tiempo de nada más, todo ocurre demasiado deprisa. El cuerpo de Paula impacta contra el capó del coche de Cristian, quien se golpea la cabeza contra el cristal saliendo disparado hacia delante a toda velocidad. Pero, en ningún momento, choca contra el cuerpo de Paula que yace inmóvil en el suelo mojado de la carretera. Lo último que logra escuchar son voces que gritan su nombre, la voz de Dani se hace más grande entre las demás pero se termina disolviendo al igual que todas. ¿Era este su plan? Ni siquiera es consciente de ello…Paula solo quería darle una lección a Cristian, que viera qué se siente al herir a quien fue un amigo. Igual que él mismo hizo con Inés aquella tarde de verano. ¿Qué se proponía él? ¿Asustar? Eso es algo que nadie sabrá jamás, porque es un secreto que se ha ido igual que la persona que lo guarda. 


Esta es la Plaza España de Zaragoza, donde tendría lugar el accidente de Paula.