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lunes, 8 de septiembre de 2014

Dime que no me quieres. Capítulo: 33

Capítulo: 33

-¿Seguro que podemos entrar todos a verla?- pregunta temerosa Verónica.
-Ya has oído a la enfermera, no hay ningún problema en que entremos todos siempre y cuando mantengamos las formas y no armemos un escándalo.- asegura Guillermo explicándoselo a su amiga con loa palabras textuales de la enfermera.
Vero asiente no muy convencida y roza con la punta de sus dedos la manecilla de la puerta que les lleva a la habitación donde se encuentra Paula. La chica lleva hacia abajo su mano y tira de la manecilla metálica. Tras un grave crujido, la puerta se abre y, en fila, todos los amigos comienzan a entrar en el cuarto. Daniel, quien ha sido el último en entrar, deja que todos los demás pasen delante de él y observa cómo sus miradas se mantienen fijas en el inmóvil cuerpo de Paula. Sin embargo, él no cruza en umbral de la puerta Se cruza de brazos y apoya un lateral de su cuerpo junto al marco de madera. Nadie dice nada, solo se consigue escuchar el sonido de la máquina que marca el ritmo de los latidos del corazón de Paula.
-Dani- le llama la voz de Andrea. El chico levanta la vista y mira a la joven rubia.- ven.
A duras penas, empieza a caminar hacia la camilla. Cada paso hacia el cuerpo de Paula es una punzada en el corazón, cada vez que sus ojos se posan en las heridas de su rostro o sus brazos se siente como si todo su mundo se le desmoronase encima dejando caer toneladas de tristeza que el invade por dentro. Daniel llega hasta la parte baja de la cama y la rodea hasta llegar a una de las sillas del lateral, donde se sentó la última vez que entró en aquella habitación. Finalmente, deja caer el peso de su cuerpo sobre una de ellas. Ahora le resulta imposible apartar la mirada de la imagen de Paula.
-No parece ella, ¿verdad?- dice Marcos rompiendo el incómodo silencio que se había formado.
Raquel niega con la cabeza, es tal la impotencia que siente que ni siquiera impide la salida de sus lágrimas. Agacha la cabeza y cierra con fuerza sus puños y, con los brazos pegados a sus costados, no resiste emitir agudos sollozos al sentir el brazo de su hermano pasando sobre sus hombros, atrayéndola hacia él.
-Es como si toda la alegría que ella desprendía se hubiese esfumado.- ahora es Guille quien habla.
El rostro de Paula se ve pálido bajo la intensa luz que alumbra la habitación mientras que, la misma, hace resaltar las marcas de sus golpes y el vivo color de sus heridas. Parece que en cualquier momento su débil cuerpo va a dejar de luchar por despertar, por abrir los ojos una vez más. Daniel tensa su mandíbula antes aquella remota idea y juntas sus manos sobre su regazo.
-Paula sigue ahí- anuncia- en cualquier lugar de ese cuerpo inmóvil y esa mente en coma, Paula continúa siendo la misma. Solo tiene que abrir los ojos, no tirar la toalla.- respira profundamente antes de seguir hablando- Despertará, lo sé.
El muchacho alarga su mano temblorosa hasta llegar a rozar, despacio, la de su novia. Poco a poco, termina agarrándola con delicadeza, acariciando con el dedo pulgar el dorso de la mano de Paula. Él esperaría, esperaría toda una vida ahí sentado solo por verle despertar. Sentir como ese brillo característico de sus ojos marrones se posa sobre él cada vez que se miran, ver en primera fila el tono rojo del rubor de sus mejillas siempre tan inocente. Esperaría ahí sentado solo por besar sus labios sin miedo a que nada se interponga entre ellos, por decirle te quiero una vez más.
Daniel cierra sus ojos con fuerza y pasa su mano libre por su pelo, sin deshacer el agarre de la mano de Paula. Nadie se hace una idea de cómo se siente él en momentos así. La sensación que recorre su cuerpo al contemplarla en ese estado es tan brutal que, sin por él fuera, gritaría, chillaría tan alto como se siente hasta que la voz abandonase su garganta, hasta notar como el dolor de sus cuerdas vocales es tan potente como el que todo su interior siente al verla sobre esa fría camilla de hospital.
Verónica se percata del dolor que su amigo siente y decide acercarse a él. Y, antes de hablar, posa una mano sobre el hombro de Dani y le ofrece un ligero apretón que le reconforta de algún modo.
-Chicos, ¿qué os parece si cada uno rememoramos el mejor recuerdo que tengamos con Paula?- desvía su mirada a la joven de la camilla.- Aunque se encuentre en coma, estoy segura de que le encantará escucharnos.
Todos asienten ante la propuesta de Vero.
-¿Os importa si empiezo yo?
-Adelante- le anima Marcos.
Andrea recoge un mechón de su pelo rizado detrás de la oreja y se sienta a los pies de la cama de Paula. Antes de relatar su historia, le mira. Aunque hayan vivido muchos momentos juntas, a Andrea no le cuesta elegir uno de ellos. Aquel que perdurará siempre en su mente, el día donde su amistad nació.
-Recuero que era un día de Noviembre, en el instituto, a la hora del recreo. Salí la primera de clase dirigiéndome a la sala de profesores del tercer piso, tenía que entregar mi trabajo de literatura y ese día era el último para que la profesora tuviese todos los documentos en su poder y corregirlos. Una vez terminada mi visita a la profesora de literatura, me dirigía al patio cuando pasé por los baños de chicas y escuché un extraño ruido que llamó mi atención. Entré y, en una de las cabinas, distinguí el sonido de un llanto. Llamé a la puerta y pregunté que quién había ahí y si necesitaba ayuda. Una débil voz que venía de dentro solo me dijo que me fuese, que no quería nada. No conforme con eso, logré abrir la puerta con un golpe seco. En mi favor debo decir que esos cerrojos no son de muy buena calidad.- bromea Andrea pero, al instante, su rostro se torna en una expresión decaída- Paula era quien lloraba. Nunca olvidaré como sus ojos, rojos y llorosos, me miraron con sorpresa. Volvió a pedirme que me fuera mientras se cubría la cara con ambas manos. Paula no había hecho ni un solo amigo durante el tiempo que llevaba en el nuevo instituto, ni siquiera había insistido en ello. Por esa imagen que ofrecía a los demás, nadie le dirigía la palabra. Entonces yo desconocía la historia de la muerte de Inés. Le dije que saliese de allí, que yo estaría con ella en la hora del recreo sin importarme lo que dirían los demás al verme con ella. Quería conocerla y, quien sabe, tal vez llegar a ser su amiga. Pero no se dignó a salir de los baños y, tal y como si estuviese de nuevo en ese momento del día, Paula me dijo: ¿De verdad quieres perder el tiempo en conocer a alguien como yo?
Una lágrima rebelde escapa rauda por las mejillas de Andrea quien mantiene la mirada clavada en Paula.
-De repente, sonó el timbre y era la hora de volver a las clases. Paula se limpió la cara con las mangas de su jersey sin dejar rastro de lágrimas y se limpió las mejillas con un poco de agua del grifo. Disparada, salió de allí y caminó hacia su próxima clase que, fruto de la casualidad, era la misma que la mía. Cuando llegué a la clase de biología vi a Paula sentada en el último pupitre del aula, sola. Un grupo de chicas la miraban de vez en cuando y cuchicheaban a sus espaldas. Y yo, con la mirada puesta en esas chicas, me senté junto a Paula quien parecía mucho más sorprendida que la vez anterior. Ella me preguntó alarmada que qué hacía allí con ella de nuevo. Yo le respondí: Me apetece perder el tiempo contigo, como tú has dicho. Pero yo no opino que vaya a malgastarlo. Paula mostró una pequeña sonrisa…
Con cada palabra, los ojos de Andrea no dejaban de emanar más y más lágrimas y ella no hace nada por pararlas, ni siquiera su rostro refleja una mínima intención de hacerlo. Son tantos los recuerdos vividos que juntas comparten que, ver a Paula en esas condiciones, hace que Andrea sienta que hay posibilidades de no tener más momentos que recordar junto a ella.
-Fue desde entonces cuando, poco a poco, ella terminó confiando en mi. Me confesó todo por lo que pasó, como perdió a su amiga en una tarde de verano y como eso le había afectado de tal forma que se vio obligada a cambiar de instituto, d vida ya que eran muchas las cosas que le recordaban a Inés y fue una decisión difícil de tomar. No obstante, también me hablaba de sus aficiones y secretos.- Andrea suelta una leve risilla que se mezcla con el sonido de los sollozos- Ella temía de no ser aceptada por vosotros pero, en cambio, una vez que se integró siempre ha dicho que estaba en deuda con nosotros por salvarle de ese mundo de tristeza en el que estaba sumergida. Y ahora ella está ahí tumbada luchando por ser fuerte cuando nunca fue necesario que no debiese nada…
Un llanto mucho más fuerte sale del cuerpo de Andrea, quien se cubre el rostro con ambas manos y sale a toda prisa de la habitación.
-Iré con ella- avisa Guille saliendo por la puerta en su busca.
Raquel se sienta en el lugar que ocupaba Andrea en la camilla junto a Paula y examina a sus amigos con los ojos todavía llorosos.
-Dani- le llama- vamos, cuéntanos a nosotros el mejor recuerdo que tengas con Paula.
Éste niega levemente con la cabeza.
-Venga- le anima Marcos.
De nuevo, vuelve a mover la cabeza hacia los lados.
-No puedo escoger un solo recuerdo- asegura.
-Entonces no te limites solo a uno- escucha la voz de Verónica a su lado.
Daniel resopla cansado. Decidirse por un solo recuerdo sería menospreciar a los demás y eso es algo que no va a hacer. Todos y cada uno de los momentos que ha pasado con Paula y que su mente guarda son especiales para él. En cada uno tuvo mucho más claro sus sentimientos hacia ella y su primera amistad. Son pequeños tesoros del mismo valor, un valor incalculable.
-¿Creéis que ella puede oírme?- pregunta Dani.
-Inténtalo- le vuelve a animar Marcos adivinando las intenciones del otro muchacho.
Daniel se acerca más a la camilla y agarra, con las dos manos, la de Paula. Lentamente se la lleva a los labios de deja un casto beso en el dorso. No se va a contener, va a dejar que las palabras fluyan solas. Del mismo modo que cuando tiene un papel delante, listo para ser escrito.

-A veces me gustaría tener una máquina del tiempo, volver al pasado. Lo habitual sería decir que la emplearía para corregir mis errores, pero si lo hiciera no aprendería y volvería a cometerlos una y otra vez. Yo viajaría en el tiempo para revivir cada día contigo. Suena cursi, ¿no? Tal vez lo sea, un romántico empedernido.- ríe por lo bajo- Sin duda, primero iría a aquella mañana navideña donde gritaría de nuevo que te quiero y estoy seguro, que te emocionarías tanto como la primera vez. Volvería a todas esas tardes en casa que terminaban en besos y caricias. Retrocedería en el tiempo solo por cruzarme contigo todas las mañanas, por ver como nerviosa muerdes el bolígrafo antes de un examen, por disfrutar de tus mejillas sonrojadas en una situación comprometida, por volver a rozar tus labios una vez más y retroceder mil veces para hacerlo de nuevo. Sé que vas a despertar, porque no quiero ponerle este final a nuestra pequeña historia que, a su vez, es enorme solo por el hecho de compartirla contigo. Paula, te quiero y, estoy seguro, de que abrirás los ojos lo antes posible para poder decírtelo, una vez más, mirándote a los ojos. Porque, recuérdalo, es nuestra pequeña historia, pero es solo nuestra.


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